Hay restaurantes que se anuncian solos nada más cruzar la puerta. Almara es uno de ellos. Situado en pleno Paseo de la Castellana, su propuesta no necesita artificios para convencer: aquí manda el producto, la cocina es precisa y la hospitalidad no entiende de atajos. La terraza amplia, elegante y sorprendentemente tranquila para la arteria más transitada de Madrid es una invitación a detenerse, a sentarse con tiempo y a dejarse llevar por una experiencia que empieza mucho antes del primer bocado.
El comedor interior mantiene el mismo pulso de lujo sereno: materiales cuidados, luz templada, un ambiente que habla de vocación y no de ostentación. La sensación de estar en un lugar especial no se fabrica; en Almara se siente desde el primer momento.
La experiencia arrancó con el Pan de masa madre con tomate y alioli: una sencilla declaración de intenciones. Pan caliente, crujiente por fuera y tierno por dentro, con una calidad que ya anticipa lo que viene.
La Gilda 6XL (anchoa, boquerón, pulpo y atún rojo con crema de mejillones escabechados) es una combinación que sorprende por su coherencia. La crema actúa como hilo conductor de cada ingrediente, elevando el conjunto con una acidez perfectamente calibrada.

El Calamar de potera a la andaluza llega crujiente en su punto exacto, acompañado de un alioli con toque de lima que refresca y sorprende. Uno de esos fritos que recuerdan por qué la técnica importa tanto como el producto.

El Canelón de txangurro es el plato que detiene el tiempo. Bañado en una salsa caoba de brillo lacado, el contraste visual con el aire ligero en los laterales es tan precioso como su sabor: profundo, marino y absolutamente memorable. Rara obra que impresiona con la vista y cumple con creces la promesa que hace al paladar.

El Solomillo de ternera salteado con parmentier de patata, demi-glace y ajos tiernos cierra los principales con solidez. La carne habla por sí sola y la combinación de guarnición y salsa potencia sin eclipsar. Un plato digno de repetir.
Si los platos salados convencen, los postres terminan de sellar el veredicto. La Torrija caramelizada con helado de dulce de leche es un encuentro de texturas y temperaturas que funciona a la perfección: la miga jugosa y esponjosa encuentra su contrapunto en el frío cremoso del helado. Un clásico revisitado con inteligencia y sin excesos.

La Piña especiada con crema de vainilla, cacahuete y sorbete de coco cierra la velada por todo lo alto: una composición que sorprende en cada cucharada, con la acidez tropical de la piña dialogando con la riqueza de la vainilla y la ligereza del sorbete. Ambos postres merecen el viaje por sí solos.
Almara no busca sorprender con fuegos artificiales. Su apuesta es más difícil y más honesta: hacerlo todo bien, con un producto excepcional y una cocina que respeta y realza la materia prima. La terraza de la Castellana, el canelón que no se olvida, los postres que redondean y un servicio que entiende que la hospitalidad también forma parte del plato. Madrid tiene una nueva referencia del mar. Imprescindible.
Detalles:
📍Dirección: P.º de la Castellana, 6
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