En el número 44 de la calle Barquillo, en pleno barrio de Chueca, ha abierto sus puertas uno de los restaurantes más evocadores del panorama gastronómico madrileño. MAZÛL no es simplemente un lugar donde comer: es una experiencia que interpela los sentidos desde el primer instante, desde el preciso momento en que se cruza su umbral.
Diseñado por el estudio de arquitectura BETA 0, el interior de MAZÛL es una declaración estética construida sobre materiales naturales, texturas honestas y una atmósfera que invita a reducir el ritmo. El estilo es moderno pero singular, difícil de encuadrar en una tendencia concreta, y esa originalidad se percibe en cada detalle.

El equipo que da la bienvenida refleja a la perfección el espíritu del lugar: cálido, atento y entregado a que cada comensal se sienta parte de algo especial desde el primer saludo.

La experiencia arranca con los Tacos Cordillera, elaborados con solomillo y tuétano. En el momento en que llegan a la mesa, el aroma ahumado lo anuncia todo: son pequeñas obras maestras que se preparan en el momento, con cada bocado convertido en una delicia concentrada. A continuación, el Tamal con hojas verdes y una salsa que merece mención propia: uno de esos condimentos que uno querría poder llevarse a casa.

Como plato principal, el Ritual Asado presenta tres carnes con recado ceremonial de Sub’anik, servido junto a tortillas que el propio comensal utiliza para componer cada bocado a su gusto: una complicidad con la cocina que hace de la mesa un espacio de ritual genuino. La Barbacoa de cordero pensada para compartir llega acompañada de tortillas de maíz, rábano, cremoso de aguacate, salsa fresca y adobo. El juego de ir añadiendo cada ingrediente multiplica el placer y permite descubrir combinaciones distintas en cada vuelta.

La carta de cócteles de MAZÛL está a la altura del resto de la propuesta. El Penumbra con mezcal, zumo de piña, crema de coco, jengibre, jugo de toronja, zumo de lima, agave de tomillo y carbón activado es un espectáculo visual antes de ser una copa: completamente negro, acompañado de palo santo, resulta tan fotogénico como sabroso. El Duna con vodka, maracuyá, zumo de lima, sirope de agave y prosecco aporta el contrapunto luminoso y afrutado, con una efervescencia que acompaña a la perfección los platos más intensos.

El panqué de maíz con compota de ciruela asada y crema de rompope cierra la experiencia con la elegancia de lo sencillo bien ejecutado. El aroma a maíz, la acidez justa de la ciruela y el dulce envolvente del rompope se funden en una combinación que recuerda que los mejores postres no buscan impresionar, sino emocionar.

